«Debo de parecer una especie de avestruz, que entierra siempre la cabeza en la arena relativista para no enfrentarme a los malvados cuantos.»
— EINSTEIN, EN UNA CARTA AL FÍSICO LOUIS DE BROGLIE

Cuando el Sol SE APAGUE

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«Puesto que el Sol permanece estacionario, lo que parece movimiento del Sol se debe al movimiento de la Tierra». — NICOLÁS COPÉRNICO

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Tras observar los satélites de Júpiter, Galileo queda convencido de que Copérnico tenía razón. La teoría heliocéntrica estaba en lo correcto.

En El Arenario, Arquímedes recoge ideas de Aristarco de Samos, para quien el Sol era el centro del universo. El gran Ptolomeo, con las matemáticas de su época, describe un modelo geocéntrico con la Tierra en su centro. Kepler resuelve varios problemas del modelo heliocéntrico proponiendo órbitas elípticas. Con el paso de los siglos, las observaciones y las matemáticas terminarían dándole la razón a Copérnico.

Oh, Sol, así como en aquellos días iluminabas la vida de esos gigantes de la ciencia, hoy lo sigues haciendo y lo seguirás haciendo millones de años después.

Pero se apagará, y esta vez no estará Prometeo para robar el fuego a Zeus y dárselo a los humanos.

Y es que, como los científicos afirman que el Sol se apagará dentro de miles de millones de años, no solemos preocuparnos demasiado por ello.

Así funciona nuestro cerebro: nos inquieta lo inmediato; aquello que no parece urgente puede esperar.

¿PARA QUÉ PREOCUPARNOS?

Y es que, siendo sinceros, poco podríamos hacer.

Podemos imaginar una humanidad futura capaz de sortear guerras, pandemias, cambios climáticos, ¡el Antropoceno que nos respira en la nuca marcel!, impactos de asteroides y cualquier otro escenario catastrófico que nuestra imaginación consiga fabricar.

Pero, si logramos sobrevivir durante suficiente tiempo, existe una cita a la que, tarde o temprano, tendremos que asistir.

LA MUERTE DEL SOL

Imaginemos que el Sol desaparece ahora mismo, un domingo por la mañana. Aquí, en Colombia, muchos estaríamos desayunando tarde: arepita con caldo, una hallaca con pan y Coca-Cola. Los de mi tierra andarían por ahí comiendo pastelitos de garbanzo.

En ese eventual suceso, lo primero que resulta extraño es que no ocurriría nada.

Durante aproximadamente ocho minutos y veinte segundos seguiríamos viendo el Sol sobre nuestras cabezas como si nada hubiera pasado. Su último rayo continuaría atravesando los casi 150 millones de kilómetros que nos separan de él, mientras nosotros seguimos tomando café o mirando el teléfono, completamente ignorantes de que nuestra estrella ya no está.

Y, curiosamente, tampoco sentiríamos inmediatamente la desaparición de su gravedad. Ese cambio se propagaría a la velocidad de la luz.

Porque, hasta donde sabemos, nada puede viajar más rápido que la luz.

Bueno… Quizás tú cuando tu novia te escribe: — «Estoy sola en casa».

Pero volvamos al apocalipsis.

OCHO MINUTOS Y VEINTE SEGUNDOS

A los ocho minutos y veinte segundos después, el último rayo de Sol alcanzaría la Tierra.

Y entonces sí.

Oscuridad.

Sin la gravedad del Sol manteniéndonos en nuestra órbita, la Tierra dejaría de girar alrededor de él y continuaría su viaje por el espacio siguiendo aproximadamente la dirección tangencial que llevaba en aquel instante.

Algo semejante ocurriría con los demás planetas cuando el reporte gravitacional de la desaparición del Sol llegara hasta ellos.

No necesariamente habría una espectacular colisión planetaria digna de Hollywood.

Planetas que durante miles de millones de años tiraron paso alrededor de una misma estrella comenzarían a vagar por la oscuridad interestelar.

Luego vendría el frío. La fotosíntesis se detendría, las cadenas alimentarias comenzarían a colapsar y nuestra pequeña canica azul iniciaría una transformación difícil de imaginar.

Por fortuna, nada de aquello ocurrirá mañana.

Mañana el Sol volverá a levantarse colosalmente por el este y bañará de vida nuestra pequeña canica azul con su esplendor innato. Sin distinción, sin pedir nada a cambio y sin saber siquiera que existimos, continuará entregándonos cantidades descomunales de energía.

Y, por si fuera poco, nos seguirá prestando la luz con la que vemos la Luna, para contemplarla llena, creciente o menguante… y para que tú sepas cuándo cortarte el pelo o cuándo tienes parásitos, según tu abuelita.

Y, para terminar, les tengo que confesar algo importante.

El Sol no está ardiendo.

Es una enorme esfera de plasma que genera energía, luz y calor.

EL SOL NO ARDE COMO ARDE UNA FOGATA.

En su interior ocurre continuamente fusión nuclear. El hidrógeno termina convirtiéndose en helio y una pequeña fracción de masa se transforma en la energía que, ocho minutos después, termina calentando tu cara, moviendo el viento, levantando el agua hacia las nubes y haciendo crecer una planta.

Por lo tanto, a decir verdad, aunque Prometeo volviera a conmoverse de los hombres y decidiera robar una vez más una chispa del fuego divino, no serviría de nada.

Porque el fuego que sostiene nuestra historia no está en el Olimpo.

Está ahí arriba.

Y se llama Sol.

«Con la fusión nuclear intentaremos hacer lo de Prometeo: robar una chispa del fuego divino. Esta vez, directamente del Sol.»


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