La energía nuclear tiene una virtud impresionante: concentra una enorme cantidad de energía en muy poco espacio. Una pastilla de óxido de uranio, del tamaño de una goma de borrar de lápiz, puede contener una cantidad de energía comparable a la de una tonelada de carbón.
La energía nuclear salvará al mundo
Estoy terminando de leer un libro que me dejó pensando: La energía nuclear salvará al mundo. ¡Ey, me atrapó! Y no por la arrogancia del título —a lo bien, seamos serios, es un poco pretensioso—, sino por todo lo contrario: tiene un tono humano, natural, casi conversacional.
Y es que este libro, siento yo, no pretende aleccionar, sino explicar, incluso a quienes no somos expertos en fisión, uranio, reactores, etc.
Y lo agradecí. Porque estoy mamado de que, por estos días, la mayoría de los textos parezcan cortados por la misma tijera de una inteligencia artificial que repite estructuras y patrones. Gracias a Dios, todavía encuentro libros donde eso no ha llegado. Y es que leer algo escrito con alma, con dedos, con duda, fue una caricia.
Pero no me quiero desviar.
Claro que impresiona pensar que un reactor puede alimentar una ciudad entera prácticamente sin emitir CO_2 durante su operación.
Es interesante el hecho de que el combustible nuclear apenas se aprovecha en un 5%. El resto, ese 95% de potencial, se convierte en residuo o permanece inerte.
¿Los Residuos Radiactivos?
El libro explica que el combustible usado puede permanecer décadas en sistemas diseñados para confinar la radiactividad y evacuar el calor residual.
Habla incluso de almacenes temporales capaces de funcionar entre sesenta y cien años. Para nosotros, cien años pueden parecer una eternidad. Para estos residuos, apenas una etapa.
La energía nuclear produce relativamente pocos residuos, sí, pero algunos deberán permanecer aislados durante muchísimo tiempo.
Entonces me pregunto: ¿qué significa dejar esa responsabilidad a generaciones que todavía ni siquiera existen?
La deuda con el futuro
Creo que la respuesta no está en rechazar la energía nuclear, sino en pensarla mejor.
Apostar por la fusión. O encontrar formas de aprovechar lo que ahora desechamos.
Porque la demanda energética del mundo crece. Y necesitaremos más fuentes. Eso es claro.
Lo que no está claro es a qué precio. Y quizás esa sea la pregunta que todavía debemos responder: ¿cómo resolver las necesidades energéticas del presente sin hipotecar el futuro?
Y si al final la respuesta resulta ser la energía nuclear, bienvenida sea.
Los Templos que dejaremos
Todo eso me llevó a pensar en un futuro con bóvedas nucleares olvidadas, cubiertas de polvo, que, cuando las generaciones venideras las encuentren, creerán que son templos de un dios al que ya no rezamos.
Ojalá sea la fisión la que nos salve del calentamiento global, y no la que nos encierre para siempre en las bóvedas de nuestros propios errores.
Una distopía no muy distinta de Fahrenheit 451. Tal vez no ocurra. Tal vez, como otras veces en la historia, la tecnología nos sorprenda.
Edición Digital #002
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