«Debo de parecer una especie de avestruz, que entierra siempre la cabeza en la arena relativista para no enfrentarme a los malvados cuantos.»
— EINSTEIN, EN UNA CARTA AL FÍSICO LOUIS DE BROGLIE

LA ENERGÍA QUE LLEVAMOS DENTRO

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«Somos una forma del cosmos de conocerse a sí mismo.»

— Carl Sagan

Los líderes mundiales se reúnen en sus cumbres ambientales debaten el destino de un imperio cuando ya Roma ardía hasta sus cimientos. El mundo parece arder, pero no por culpa de Nerón, sino por el cambio climático. A menudo lo olvidamos. Es como si nos hubiéramos resignado a la catástrofe. Y es que la rutina nos anestesia.

La vida continúa: el tráfico, las bocinas de los carros y nosotros, los ciudadanos del mundo, nos movemos en el frenesí cotidiano. Y está bien, es lo que hay que hacer. Sin embargo, de un hilo muy delgado cuelga nuestra atmósfera.

La energía es invisible, pero impulsa este mundo: Cada átomo de nuestro ser, el pulso de una estrella lejana, la electricidad que ilumina una habitación silenciosa; la fogata en la cueva que desafía la oscuridad, el susurro de un relámpago en una noche de tormenta.

Vivimos en un tiempo donde la ciencia y nuestra relación con la naturaleza parecen distanciarse. Quizás solo es un reflejo de la tragedia que todos llevamos dentro.

La buena noticia es que la energía se transforma; con ello, nuestras acciones, nuestros pensamientos y nuestra esencia se metamorfosean en algo más.

Siempre ha dependido de nosotros. Seamos la chispa que ilumina. Al fin y al cabo, tenemos la mismita energía que usó Tales de Mileto al predecir el eclipse que terminó con una batalla entre medos y lidios.

La de Eratóstenes cuando, en el solsticio de verano, comparó las sombras entre Siene y Alejandría para calcular la circunferencia de la Tierra con una precisión admirable. La de Jenófanes, que, al observar conchas marinas en las montañas, dedujo que, en tiempos remotos, aquellas tierras habían estado cubiertas por el mar.

No gastemos nuestra energía en conflictos triviales, en rivalidades sin fin, en alimentarnos del odio y la discordia.

Gastémosla en bondad, gratitud, esperanza y empatía. El amor, al igual que la electricidad, es invisible, pero ilumina lo que encuentra a su paso.

¿Será que, al cambiar nuestra forma de ver el mundo, también podremos cambiar nuestra manera de usar su energía?

Si aprendemos a cuidar de esta electricidad invisible, ese misterio que conecta nuestros corazones con las estrellas, quizás encontremos la respuesta que buscamos.


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